Madrugar en El Retiro (III): Tobi es diferente a los perros de Pavlov

Deja una respuesta 24-06-2013, Pablo Arqued

El corazón se me sale por la boca. Bajo el ritmo al pisar el asfalto de la calle Doce de Octubre. Me paro. Me miro la pierna derecha y veo que tengo varias heridas por encima del tobillo que todavía no me duelen, y que la tela delantera de la zapatilla está rota. Los insultos de la paquidérmica señora, a todas luces nefasta dueña,  resuenan en mi cabeza. “Hijoputaaaaaa, vuelve aquí si tienes huevos”. También ese sonido seco que hacen los pufs al ser golpeados. O los sacos de boxeo al ser atacados. Lo que debía de haber sido una mañana más de carrera relajante se convirtió en un episodio desagradable que me dejó mal cuerpo durante muchos días.

perro

 

Yo no entiendo de perros, más allá de saber que existen razas, dicen, más propensas que otras a actuar con agresividad si sus amos les maleducan. El caso es que aquel perro salchicha, creo que excesivamente fornido, resultó ser como un puto león. No lo vi venir. Me enganchó por detrás, sin ladrar, sin hacer ruido. Con el primer mordisco me tiró al suelo. Hubo un segundo, menor. Y no se soltaba hasta que agité la pierna. Me puse de pié con la rapidez con la que se endereza un junco. Me quedé quieto. “Tobi, Tobi, quieto”, decía una gorda, situada muy lejos, divertida. Quiero creer que desde su posición no venía mis rasguños. Pero el chucho volvió a atacar. Y es que por mucho que se empeñen muchos dueños, los perros no entienden una mierda el lenguaje humano. Esta vez, por suerte, la tomó sólo con la zapatilla de esa misma pierna derecha. Y como no la soltaba y me asusté, lo retiré ferozmente con mi pierna sana y buena, la izquierda, aquella que me hizo ser en mi adolescencia un extremo zurdo letal, lanzador de faltas lejanas. Por un lado me sentí tan bien como el pateador de rugby tras lograr un ensayo en el Seis Naciones; por otra, mal, muy mal. Había acertado de lleno. La prueba era que el can estaba a unos cinco metros de mí y se movía más bien poco. De verdad, lo siento. En mi defensa sólo puedo decir que no fue premeditado. Tardé en volver al Retiro. También en ver a la dueña, que seguía igual de oronda. Me alegré de que Tobi siguiera entre nosotros (algo cojo). No tanto de que estuviera dando por culo a otros corredores que en ese momento pasaban a su lado. Desde entonces creo que a Pavlov se le debió pasar algo por alto con aquel experimento con perros. O quizás se debe a que Tobi tiene amnesia.