Madrugar en El Retiro (XII): Futuros atletas

1 respuesta 21-08-2013, Pablo Arqued

Verano. Adelanto a un grupo de tres niños de correr estiloso y fácil, precedidos a una distancia vigilante por dos corredores, uno con rasgos andinos y una corpulencia destacable y otro muy delgado y alto, ambos rondando los cuarenta, padres, creo, de los pequeños. Intrigado por la escena, bajo el ritmo y me pongo a hablar con los chavales. En realidad les entrevisto, pero ni ellos, ni sus padres, que están lo suficientemente cerca para observar mis gestos amistosos aunque lejos para escuchar la conversación, lo saben. Tienen 9, 10 y 11 años. “Nosotros somos hermanos”, me cuentan los dos mayores, “y él vive con nosotros porque sus padres trabajan en nuestra casa”. “¿Y qué hacéis corriendo, tan pronto, en El Retiro?”, pregunto sorprendido, olvidándome de que esa misma pregunta me la hacen una y mil veces, amigos, conocidos o compañeros de trabajo, exasperándome en grado sumo. “Queremos ser atletas”, responde el mayor, con una seguridad absoluta. Alucino. Una respuesta así no la había vuelto a escuchar desde los ochenta.

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Recuerdo que cuando era pequeño y vivía en la calle Puerto Rico de Madrid, en una extraña parte de la misma a la que se entraba desde Víctor de la Serna y daba a un parque, organizábamos los niños de la zona unos Juegos Olímpicos veraniegos en que cada uno representamos un país. He olvidado qué país me tocó ser. Sí que USA se lo pidió uno de los mayores y que ese mismo no dejó a otro ser la URSS, porque “hacía boicot olímpico” en los inminentes Juegos. “Cuba tampoco puedes ser”, dijo el chaval, de 13 años, que con el tiempo se pondría la banderita de España en el reloj, si bien perdió el culo por ser ‘representante’ estadounidense en aquel momento.  Víctor, Martín, Matías, Manolo, Carlos, Manu, Álvaro, Borja, Ignacio, Jaime, César y otros, (ninguna niña, pues había muy pocas en el barrio), participamos. La bola del peso era un pedrusco y la jabalina, el palo de una escoba que alguien se había bajado de su casa. El maratón, en el que logré un honroso bronce ante chicos que me sacaban dos o tres años, era en realidad un recorrido de dos vueltas a una agrupación de casas cuya distancia total no superaría los 5 kilómetros.

Faltaban escasos días para que comenzasen los Juegos de Los Ángeles de 1984, los cuales veríamos en TVE. Y recuerdo que, curiosamente, sólo preparamos pruebas de atletismo. Nuestra pequeña cultura nos decía ya por aquel entonces que el deporte rey de unos Juegos es el atletismo. Ninguno fuimos atletas y he perdido el contacto con todos ellos, pues me niego a definir como reencuentro alguno que otro de Facebook. Pero treinta años después me acuerdo de ellos, gracias a esos niños de El Retiro, y estoy seguro de que seguirán siendo aficionados al atletismo. Y no me cabe ninguna duda de que recordarán más el bronce de José Manuel Abascal que la plata de la selección de baloncesto.

“¿Y corréis en el colegio o participáis en crosses? ¿Veis atletismo en la televisión? ¿Cómo es que os ha dado por correr?”. Estaba sorprendido y quería saber más sobre esos niños ochenteros. “No, Es que nuestros padres corren maratones”. Me esforcé para que no se me saltasen las lágrimas de la emoción.