Madrugar en El Retiro (IV): A oscuras

Deja una respuesta 26-06-2013, Pablo Arqued

A esas horas, entre diciembre y febrero, soy prácticamente el único corredor que, en ocasiones, hace el recorrido de 5.000 metros entero. Lo normal, cabal y lógico, lo reconozco, es rodar por el de 3.000, que comparte con el otro unos 2.500 metros. Y es que está más o menos iluminado. Pero esa sensación de adentrarse en los caminos que están entre la zona deportiva de La Chopera y el Paseo de la República de Cuba, a ciegas y solo, tiene algo especial. Porque durante unos 30 segundos, en el túnel formado por la espesa vegetación, no se ve más allá de 5 metros. A veces pruebo a abrir y cerrar los ojos y no noto diferencia. No hay luces eléctricas. No hay luna. Es en ese momento cuando me gusta acelerar, ir fuerte, lo cual te permite superar los pequeños desniveles de la tierra (de enero a abril siempre barro) sin caer y tener una extraña sensación onírica.

retironoche

En ese momento sabes, porque conoces de memoria el recorrido, que no hay nada delante, que no te chocarás con nadie porque nadie se habrá metido por ahí ni a correr ni andar. No obstante, cabe la posibilidad de que alguien haya dejado un banco cruzado (el fin de semana el botellón campa a sus anchas por esa zona), o que te desvíes un poco y te tragues una papelera. O que venga a por ti un monstruo del Averno, quién sabe. Todo lo que te imaginas puede tener terribles consecuencias. Y a los 30 segundos te haces a la oscuridad y te sientes poderoso, porque vas corriendo y porque eres invisible para alguien que decidiese ir por ahí. Y al fondo empiezas a ver la luz de las farolas de la continuación de la cuesta de Moyano, la cuesta de la Fuente del Ángel Caído. Sales victorioso, como aquel que gana la apuesta en la película ‘Intacto’, en la que corren con los ojos vendados por un bosque denso. Pero notas que la luz te molesta. Entonces das la vuelta y vuelves a subir el ritmo perdiéndote, de nuevo, en la oscuridad.