J. C. Hernández, el lobo estepario que surgió del Timanfaya

3 respuestas 10-04-2012, Pablo Arqued

Es un tipo con los pies en el suelo, forjado a base de kilómetros sobre las tierras volcánicas de su Lanzarote natal. Cientos de sesiones de asfalto en solitario, con la única compañía de un viento demoledor, suavizadas de vez en cuando en los últimos meses por la compañía de su mujer, embarazada, genial aguadora desde el coche, y mejor psicóloga, siempre, en casa. Lejos queda ya ese runrún en su cabeza, machacón, que le recordó durante algunas semanas que a pesar de tener ‘mínima A’ para ello, la Federación le apartó de su primera internacionalidad española, en maratón, para los Mundiales de Daegu por “decisión técnica”, norma no escrita y por eso irrecurrible, que hubiera podido acabar con estabilidad mental de cualquiera.

Pero a día de hoy, José Carlos Hernández (Lanzarote, 1978), vuelve a tener marca para debutar como internacional con sus 2 horas 11 minutos 57 segundos del Maratón de Barcelona. A falta de que otros españoles hagan su intento, “les deseo mucha suerte a todos, a Chema, si lo vuelve a intentar, a Nimo, a Villalobos…”, exclama deportivamente, es consciente de que esta vez el sueño de ser olímpico que una vez tuvo de chaval, allá por el 92 (aquel milagro de Barcelona…), ha pasado de ser “imposible” a simplemente “difícil”, y por lo tanto, posible. “Sé que me he salido teniendo en cuenta el circuito y las condiciones de calor. Pero de momento, considero que sólo es un buen tiempo, una buena marca, aunque sea mi récord. Mi cabeza no va más allá. Ya veremos si se convierte en algo más”, analizaba vía telefónica en su merecida semana de descanso tras doblegar a los 42,195 km de la Ciudad Condal, terminando como el mejor español tras el ya clásico elenco de africanos de cualquier carrera de fondo en Europa o EEUU.

Y es que no quiere hacerse ilusiones. “Cuando me dejaron fuera de la selección de Daegu nadie me llamó para darme explicaciones. Sacaron la lista, yo no estaba y punto”, recuerda Hernández vía telefónica, a la vez que explica que poco después sufrió un bajón en sus entrenamientos debido a problemas de “ansiedad y taquicardias” que superó gracias a su entrenador y amigo Juan Carlos Granados y su equipo. Por eso llegó algo tocado a Berlín después del verano y no pudo rendir al máximo. Un todo o nada, pues, el reto que afrontó en el maratón más popular de España, y que le ha traído, de momento, unas cuantas entrevistas en distintos medios de comunicación, blogs o páginas de Facebook… “No estoy acostumbrado”, ríe, desbordado pero feliz.

Esta vez, no obstante, hay señales positivas, si bien anecdóticas, porque los caminos de esa santa casa dirigida por Odriozola son inescrutables. “Desde la Federación, de la cual nunca he recibido ningún tipo de becas o ayudas, me llamaron hace poco a prisa y corriendo para pedirme mis datos, por si acaso. Aunque se habían olvidado de mí, se ve que se han acordado”, y vuelve a partirse de risa.

“En el atletismo no existe la buena suerte, sólo la mala”

Sólo un neófito en esto de los maratones osaría definir la hazaña de Hernández como sorpresa, pues, como indica él mismo “en atletismo no existe la buena suerte, sólo la mala suerte”, y todo buen resultado responde a un duro esfuerzo, en este caso de años. Todo cuenta, desde su época de juvenil hasta su peregrinación a Valladolid para ser un profesional de la pista, hace 10 años, algo que no salió tan bien como esperaba “porque sus condiciones para entrenar no eran las idóneas”. Así lo recuerda su entrenador, Juan Carlos Granados, el cual ‘comparte’ con Mayte Martínez o Pedro Nimo, entre otros, y que analiza los últimos años como maratoniano de Hernández. “Llevaba 2 años haciendo entrenamientos para 2 horas 10 minutos. No obstante, las reservas que te entran con esta distancia te hacen ser prudente. Este año entrenó menos fuerte, pero más seguro y con más tranquilidad. Las dos últimas semanas fueron acertadas, además de haber dado una vuelta de tuerca a su alimentación y recarga de hidratos”, desvela Mr Granados vía email, desde Valladolid. Porque son hidratos los que le aporta el gofio canario, una pasta de maiz, o siete cereales en el caso de José Carlos, ideada ingeniosamente por su nutricionista María José Tenedor.

Quizás sea poco romántico afirmar que en el atletismo las sorpresas no existen, pero es así. Por eso, no hay que olvidar que Hernández venía de hacer su mejor marca en medio maratón, en Santander. Corrió siempre junto a Rui Silva y Chema Martínez, instalados en la élite del atletismo desde hace tiempo, y sólo en la recta final se le escaparon. Sus rivales dieron la sensación de llegar frescos como lechugas, mientras él casi no se tenía en pie. Los tres bajaron de 1h 3 minutos. “Yo no soy élite. Estuve una semana tocado después de aquello, mientras Chema Martínez ya andaba haciendo series fuertes prácticamente al día siguiente”, cuenta José Carlos, como si nada, quizás sin darse cuenta de que igual estaría abriendo una vía de estudio que intentase relacionar esa semana obligadamente más floja con su éxito semanas después en Barcelona. O esas series fuertes del gran Chema, con no tener el día y retirarse entonces allí. Desde luego, de tratarse de atletas populares la causa-efecto se daría por buena. En este caso, en el que son extraterrestres del running, es mucho decir.

Cuando alguien piensa en un atleta profesional, lo primero que se imagina es a un tipo más o menos conocido, patrocinado por una marca. Pues bien, en el caso de José Carlos sólo significa que vive de ello, sin patrocinadores de ningún tipo. “Soy deliniante de carrera”, cuenta José Carlos, “pero siempre quise perseguir mi sueño de ser corredor. Si me hubiera importado tener un cochazo o una gran casa, desde luego que no me hubiera dedicado al atletismo. Y por mi forma de tomarme las cosas, decidí no compaginar las dos. Además, según están las cosas ahora, tampoco tendría mucho trabajo”. La crisis…

“España no tiene cantera. Con mis marcas de niño hoy hubiera sido campeón infantil español, y entonces sólo alcancé un nivel medio”

La soledad del corredor de fondo, que es máxima cuando uno entrena completamente sólo en una isla, hace que José Carlos haya tenido tiempo de razonar y analizar una y mil cosas en torno a su deporte y sepa hablar de ellas de forma divulgativa. “Sé a qué te refieres cuando me preguntas por las marcas de los maratonianos españoles de hace 10 o 12 años, todos al rededor de las 2 horas 8 minutos, respecto a nosotros. Pues bien, por un lado, los malpensados señalarían al doping, pues alguno de ellos dio positivo. Pero por otro, hay que tener en cuenta que ellos venían de una época en la que había 500 colegios o clubes fomentando el atletismo en España, cuando ahora hay 50. Con mi marca de chaval en 3.000, por ejemplo, hoy hubiera sido campeón de España. Y entonces sólo alcancé un nivel medio. Ahora los chavales no están en la calle. Tienen otros estímulos”.

Bien sabe lo difícil que es encontrar niños que quieran ser atletas. Los sábados, el día de su descanso activo, rueda con un grupo reducido de chicos a los que entrena, pues ya son capaces de hacerlo a 4’20” el km. Al menos, él, de momento, ha tenido suerte como entrenador, porque entre sus pupilos está la exitosa juvenil Summer Leigh, la cual ya ha logrado algo que él, de momento, no ha conseguido: representar a España.

Llegado el momento, tampoco rehúye el abordar la extraña y viciosa relación de querer representar a un país, sentir sus colores, cuando ese país ni te ha becado, ni te ha ayudado a llegar a lo más alto. “Por un lado, es mi ilusión desde niño. Y por otro, si bien es cierto que el camino lo hace uno solo, al final, el beneficio es mutuo. Para mí, ser olímpico, conllevaría poder mejorar un poco más mi nivel debido a las becas a las que tendría derecho, y a su vez podría representar mejor a España”. Y deja claro, huyendo de la polémica, que nunca ha reclamado nada a lo que no tuviera derecho, consciente que al borde del profesionalismo, como él, hay otros muchos en España.

Rara avis de Lanzarote, tanto como un cocodrilo en el Polo Norte, en una isla propia de campones mundiales de windsurf y en la que cualquier intento de opositar a fondista sería terriblemente juzgado por esos sirocos de día sí y día también, sigue haciendo José Carlos Hernández kilómetros sin descanso, con ese ritmo de lobo estepario, edulcorados, una vez al año, por la compañía de los deportistas de alguna selección nórdica que ha decidido concentrarse en el complejo deportivo La Santa Sport, y siempre con el Timanfaya vigilante, persiguiendo sin descanso una ilusión. Ser internacional con España, algún día. Ser olímpico. Y, por encima de todo, seguir corriendo.