Aquella gran carrera: san silvestre vallecana de 1997

3 respuestas 25-10-2015, Pablo Arqued

Fue una carrera especial. La ganó uno al que entonces se le conocía como el africano de Vallecas y que tiempo después, al poco de pisar los talones al mismísimo Grebreselassie en un 3.000 de un campeonato del mundo en pista cubierta, fue sancionado por doping. Pero esto que acabo de contar, es una simple anécdota. Y es que si fue una gran carrera para mí es porque fue la carrera que mejor he corrido en mi vida, y mientras la corría, sufría y disfrutaba, de alguna forma iba intuyendo lo que significaría para mí, aunque hasta unos pocos años después no tuviese la certeza de ello: nunca más haría una prueba como aquella.

dorsal de la San Silvestre Vallecana 1997

Es muy difícil para un corredor popular saber en el momento en el que se produce que acaba de conseguir el mejor resultado que va a lograr en su vida. En principio, uno piensa en mejorar, en ir un poco más allá. Pero luego, o porque van viniendo mal dadas en cuanto a las lesiones o porque cambias de forma de vida personal o laboral o porque símplemente dejas de tener la motivación que entonces te llevaba a tener esa actitud de superar tus límites, dejas de batir tus marcas.

Pienso en los seguidores que tiene mi cuenta de Twitter @runningconsult (por fijarme en una muestra) y entiendo que habrá una parte de corredores que todavía no han hecho su mejor marca y otras que ya la han hecho. Y en este segundo grupo, me pregunto ¿Cuántos serán conscientes de que ya han hecho esa gran marca que no repetirán y cuántos siguen ajenos a que el futuro no les traerá un nuevo récord personal? Por eso siempre he creído que aquel día fui afortunado, aunque no me gustase: de alguna forma fui consciente de que estaba haciendo mi gran marca.

9,250 km en 30’50»

Lo de la homologación todavía no había llegado a las carreras. La San Silvestre no era un ‘diezmil’, al igual que la ‘media’ de Moratalaz tenía 19 km. Tampoco esto de llamar a esto ‘running’. Ni si quiera los tejidos técnicos. En las zapatillas ya nos decían que había llegado el I+D y la gente se lesionaba en la misma proporción que ahora, a pesar de los presuntos avances tecnológicos.

El caso es que fui a apuntarme en Bikila a la San Silvestre Internacional. Estaba federado, por un lado, y por otro, acreditaba un 42′ y pico en la carrera de Canillejas, la cual tenía casi 12 km. Todavía siento el cosquilleo que sentí entonces, al pensar en las veces que había leído sobre ella.

Mis padres me llevaron en coche hasta Colón. Desde allí bajé calentando hasta la antigua sede del diario Marca. Guantes de lana viejos, pantalón de atletismo y camiseta sin mangas a juego, ambas prendas de naylon, y una camiseta de manga corta de algodón.

Dieron la salida y me puse a sufrir desde el primer momento, aunque dejándome pasar. Había que subir por el lateral de la Castellana hasta el hotel Villamagna y torcer hacia la derecha, encarar un repecho y llegar a Serrano. Y ese era el punto en el que había planificado junto con mi entrenador, José Antonio Milara, en el que tocaba apretar a muerte hasta el final, a quien di caza a dos kilómetros del estadio del Rayo, si bien, he de decir que había estado de guardia (bombero) la noche anterior.

Objetivamente hacía frío, caía agua nieve; subjetivamente, tenía un calor insoportable y si no fuera porque llevaba el dorsal en la camiseta, me hubiera quedado con el torso desnudo aquel 31 de diciembre de 1997, al pasar por esas tiendas carísimas, esa Puerta de Alcalá icónica y ese sucio puente de Vallecas, pintado por el disel de los coches de la M-30.

Pensé en pararme mil veces, sobre todo en la bajada entre Atocha y la entrada al mítico barrio obrero. Me ardían los tibiales debido a aquella malísima técnica que gastaba por aquel entonces. El que hubiera estado rivales desde el kilómetro 1,5 no era consuelo. Pero desde el comienzo de la larga subida hasta la meta, empecé a encontrarme bien. Aquello era como las etapas alpinas de la Vuelta. La gente se iba abriendo y el asfalto se iba mostrando. Los niños te ponían las manos para que las chocaras, y medio tenías que empujar a aquellos desfondados que te ibas encontrando si querías pasar.

La sensación de velocidad fue plena, y pude esprintar a un par de corredores en la última recta de meta, que más que recta es un ángulo recto.

¡Buah! ¡30’50»! No me lo podía creer. Y por allí estaban todavía los corredores de élite. Recuerdo dar la mano a Manuel Pancorbo y ver por allí al ganador, y admirarle con devoción. Recuerdo también sentir que aquello hacía sido demasiado duro, que me había puesto al límite de mis posibilidades. Por un momento pensé que aquella sería la mejor carrera de mi vida mientras la estaba disputando, aunque luego, en meta, ya pensé en mejorar la marca. Esa mejora nunca llegó. Ni llegará. Pero fui un privilegiado al poder ser consciente, durante un momento, de lo que estaba viviendo.